lunes, 16 de abril de 2018

Nuevos caminos

En mi búsqueda de centros de interés en que ocupar mi jubilación, voy abandonando progresivamente los que se alejan de los ejes de mis aficiones de toda la vida, la fotografía y la aeronáutica. Y ello por una cuestión de recursos.

Me explico: estuve tanteando hasta hace poco profundizar en el ámbito del ferrocarril, al que nunca me he dedicado pero siempre me ha gustado (¿y a quién no?). Estuve en Lérida el mes pasado visitando ExpoTren, una preciosidad en la que puedes pasar un montón de horas haciéndosete la boca agua. Y allí fue donde le di carpetazo al asunto. Se lo di, porque estoy muy, muy verde en la materia y cuando uno está muy verde en una materia sólo tiene dos opciones: o estudiar mucho sobre ella o asociarse, que es el atajo tradicional, puesto que la transmisión de conocimiento se produce en gran volumen y en poco tiempo en el ámbito de una asociación. Estudiar no me da miedo pero, francamente, puestos a estudiar, tengo muchas otras materias más atractivas que pondría delante de esta.

¿Y asociarme? Tengo una larguísima experiencia asociativa en varios campos: cultural, social, vecinal, aeronáutico… De hecho, demasiados. Un día, hace un par de años, me dio por hacer un recuento de las asociaciones a las que pertenecía (y en cuya mayoría estaba activo: no concibo asociarme sin participar, salvo en casos muy excepcionales y por razones muy concretas) y me di cuenta de que eso no podía ser, que era una exageración. Además, en tres de ellas estaba en la Junta directiva. De modo que procedí a una limpieza general, empezando por las directivas. Hoy sólo quedo de alta en cuatro (y sólo en una en activo) y en todas ellas por razones sentimentales. Podéis verlas aquí, aunque no descarto aún alguna baja adicional. Pero es que, además, sucede otra cosa de mayor importancia: en España (y, obviamente, también en Cataluña) el origen de las asociaciones es, comúnmente, un grupito de amigos estructurado en torno a una actividad, que se constituye en chiringuito formal para obtener ventajas sociales y económicas (subvenciones, cuotas de los nuevos socios que se suman a la iniciativa, etc.); con el tiempo, la asociación constituida crece o se estanca pero, en una buena mayoría de los casos, ese radical de base, ese grupito fundacional, constituye una suerte de élite prácticamente impenetrable y toda la asociación gira en torno a sus disposiciones, apetencias y visión de las cosas. Lograr entrar en ese grupito -cuando es posible, que casi nunca lo es- es algo que requiere años de esfuerzo, de trabajo y, seamos claros, de comerse mucho marrón. A mis casi 63, no tengo esos años y, desde luego, lo que no tengo en absoluto son ganas. Y en el caso de los ferrocarriles, me di cuenta, precisamente en ExpoTren, de que la mayoría de las asociaciones de aficionados son de esta naturaleza. Así que fuera ferrocarriles.

En cambio, sí he descubierto algo que siempre me ha gustado (básicamente por no andar lejos del ámbito aeronáutico y, aunque algo más forzado, incluso del fotográfico) y en lo que sí estoy estudiando seriamente -por no decir que estoy prácticamente decidido- la posibilidad de meterme a fondo: la meteorología. Que siempre me ha hecho gracia, aeronáutica aparte.Y, bueno, hurgando sobre el tema, he podido ver que los equipos (estaciones meteorológicas) son asequibles, incluso en niveles de aficionado avanzado, que los recursos en red son abundantísimos y que, en definitiva, las ventajas de asociarme -habiéndolas, desde luego- pueden ser suplidas sin esfuerzos desproporcionados.

De modo que estoy ya siguiendo un curso de meteorología básica que se imparte en el barcelonés observatorio Fabra al que seguirá, este otoño o la próxima primavera, uno avanzado. Lejos de lo profesional, por supuesto (la meteorología es una especialidad universitaria, no sé si un grado autónomo o una especialidad del de Física, que no puede abarcarse, en absoluto, con un par de cursillos de doce o quince horas cada uno), pero suficiente para arrancar una pequeña instalación de aficionado si se complementa con lecturas divulgativas -fácilmente disponibles en la red- y con los recursos que se encuentran en Internet (fotografías de satélite, radares, modelización, etc.). Precisamente el lunes pasado, que fue la primera sesión de dicho curso, disfruté como becerro en prado verde de mi reencuentro con la física básica y newtoniana que había estudiado a los 13-14 años, en el último curso (el 4º) de lo que entonces era el Bachillerato Elemental (más o menos, por la edad -no por los programas, qué pena de enseñanza- del 2º o 3º de la actual ESO).

Y es que mi formación, humanística y sociológica, que se dice ahora, nunca ha cerrado mi interés por las materias científicas. De hecho, la divulgación científica ocupa algún que otro metro en mi biblioteca material, y muchos megabytes en mi biblioteca digital. Desde aquel sensacional e inolvidable Carl Sagan hasta el recientemente llorado Stephen Hawking, pasando por Richard Dawkins y nuestros Martínez Ron y J.M. Mulet o las interesantes chispas cotidianas del imprescindible Microsiervos, sin olvidar un espacio en la memoria a aquel entrañable Lluís Miravitlles, del que desgraciadamente no tengo ningún material, pero sí un fresco recuerdo, como si ayer mismo hubiera visto un capítulo más de su programa Visado para el futuro o como si lo estuviera oyendo, al alimón con Jesús Hermida retransmitiendo la llegada del primer hombre a la Luna. Y unos cuantos más que me olvido, entre los que hay -lo que me hace lamentar el olvido doblemente- algunas mujeres.

No es sorprendente, porque la ciencia tiene multitud de vasos comunicantes. De la aeronáutica a la astronáutica hay un paso que se da casi sin proponérselo. De ahí es fácil pasar -siempre en términos muy básicos y muy divulgativos, ojo a los términos grandilocuentes- a la astrofísica, en ella, a la búsqueda de vida inteligente que nos hace dar otro paso para interesarnos por la evolución (leer a Dawkins, precisamente y al respecto, es una gozada). Y, en fin, si a uno le gusta la fotografía de verdad (es decir, unos cuantos pasos más allá de ir haciendo el guiri con la cámara del móvil), rápidamente acaba interesándose por conceptos de óptica, de luz, de refración, de reflexión…

Sí, creo que la meteorología va a añadirse a mi tecnofilia, en la que destaca, por supuesto, la informática, que ha sido y sigue siendo mi gran pasión desde que en 1983 tuve en mis manos aquel prodigio -hoy irrisorio, seguramente- que se llamaba Sinclair ZX81, el mundo Linux y el ámbito de Internet.

Creo que con todas estas cosas, más mi afición por la lectura, centrada, sobre todo -aunque no únicamente, ni mucho menos-, en la Historia, y escribir aquí o allá -siempre, cuando menos, un blog como ahora este- y unas saliditas de cuando en cuando para espotear en el aeropuerto o para fotografiar paisajes o monumentos románicos y góticos -entre otras cosas eventualmente interesantes- serán suficientes para llenar mi tiempo los años de vida que me queden a partir del día en que mi nómina deje de pagarla la Generalitat de Catalunya para hacerse cargo de ella la Seguridad Social.

Con permiso de los nietos, pero para éstos, el día que los haya, ya tengo mis planes.

lunes, 5 de marzo de 2018

La fiesta de Tabarnia

Confieso que no iba muy esperanzado, y ese temor lo compartían mi esposa y la pareja de amigos con los que acudimos a la manifestación de Tabarnia de ayer. Los medios de comunicación apenas habían divulgado su convocatoria y no hubo más difusión que las redes sociales y un creciente número de páginas web de resistencia antiseparatista, entre las que hay que destacar, eso sí, la multitudinaria Dolça Catalunya. Tampoco convocaba ningún partido ni organización que dispusiera de fondo propio de manifestantes. Societat Civil Catalana, que se había adherido a la primera convocatoria, la del 25 de febrero -que se suspendió para no entorpecer la presencia del Rey en Barcelona y no enturbiar el ambiente el día anterior a la inauguración del Mobile-, no se adhirió, al menos expresamente y que yo sepa, a la segunda. No: la cosa no pintaba bien.

Bueno, pues lo hicimos.

Fue un éxito. Los 15.000 de la Guardia Colauana o los 200.000 de la organización, yo qué sé... Lo que sí sé, porque estuve allí, es que la Via Laietana se abarrotó hasta llenar la plaza Urquinaona, Junqueres y media ronda de Sant Pere y que el abarrotamiento de la propia plaza de Sant Jaume no pareció absorber apenas al gentío de Via Laietana que, a partir de la plaza, derivó hacia las Ramblas dispersándose a partir de ahí en varias direcciones, ya terminada la mani.

Fue una manifestación alegre y festiva, muy alejada, en cuanto a talante, de las habituales manifestaciones a cara de perro, incluso de las dos grandes manifestaciones antiseparatistas de octubre pasado. Simplemente fuimos a reirnos del independentismo en sus propias barbas y lo hicimos a mandíbula batiente recreando sus lugares comunes: sus gritos rituales (in-inda-indapandensiá), la careta con la efigie de nuestro President, el clamor por su vuelta del exilio… A mí solamente me sobraron los gritos de ¡Puigdemont a prisión! y no porque me produzca una especial angustia tal posibilidad sino porque rompían con ese carácter festivo, con ese ánimo de cachondeo. Tabarnia se inventó como refugio intelectual de la resistencia antiseparatista y para poner al separatismo ante un espejo en el que se contemple a sí mismo. Y, como el retrato de Dorian Grey, parece que lo que ven no les gusta, supongo que porque les obliga a ver el ridículo que ellos mismos hacen, que es precisamente lo que se pretende. Realmente, ningún invento suscita más la cólera del independentismo que Tabarnia y sus diversas formas de producirse y ello es muy sintomático; lo mismo que el propio Dolça Catalunya, que ya desde el principio de su existencia les escoció enormemente, aunque fueron más moderados que con Tabarnia porque Dolça no tenía presencia en la calle y se trataba de que no llegara a tenerla… en lo que también la han pifiado porque Dolça Catalunya, Tabarnia, el Balcó de Sarrià-Sant Gervasi, Somatemps y tantas y tantas otras iniciativas que, repito, están proliferando, no son sino diferentes reflejos de lo mismo: el hartazgo de muy extensos sectores de catalanes -más de la mitad de población… y subiendo- ante la vesanía independentista.

Estuvo también muy bien atizarle al independentismo donde le duele: en el monumento a Rafael de Casanova, figura tremendamente mixtificada por el separatismo: no defendió, en absoluto, ninguna libertad, ni independencia, ni nada de Cataluña; de hecho, vamos a decirlo todo, yo tampoco comulgo mucho con la interpretación contraria que se hizo ayer (y que ya había oído otras veces): no era un patriota español, para nada. Casanova, defendía a quienes le pagaban, los gremios de la ciudad, cuya bandera, el pendón de Santa Eulalia, enarbolaba aquel 11 de septiembre. Casanova defendía un residuo histórico, el gremialismo, la versión urbana del feudalismo, que fenecía -en Cataluña, en España y en todas partes- arrollados por la modernidad (entonces lo fue) del absolutismo. Cataluña no veía amenazados sus fueros ni nada de nada: fueron los gremios de Barcelona, los que vieron amenazado su dominio sobre la ciudad y los señores agrarios, que vieron peligrar su influencia política y su poder territorial. Y como hubo de movilizar las voluntades de los que tenían que pringar (y cascar), que no eran precisamente los dirigentes de los gremios, sino el pueblo llano, Casanova intentó movilizarlo con apelaciones a los sentimientos, al pretendiente Carlos (que lo era de España, por cierto, no de Cataluña), a la patria -en alusion al terruño- y a España, sin olvidar la fe y clamar de dolor ante la destrucción de los templos que, según él, traería la derrota. Esto es lo que fue e hizo Rafael de Casanova y todo lo demás es Walt Disney.

El monumento a Rafael de Casanova adornado
como nunca antes se había visto


Y, en el aire, una promesa importante que se formuló ante el monumento a Casanova y, en este caso sí, seria: Tabarnia llegará tan lejos como llegue el independentismo.

Como le he leído no recuerdo a quién en Twitter, con el quemazo de irritación que llevan, a los independentistas diabéticos les van a quedar las almorranas garrapiñadas.

Y ya no voy a escribir nada más. La prensa ha dejado no muy extensa pero sí suficiente referencia de lo que fue la jornada y yo me voy a limitar ya nada más que a dejar aquí algunas fotografías que hice ayer, para acabar el modesto dibujo de ese domingo 4 de marzo que empezó con una cierta aprensión y terminó desarrollándose en medio de un feliz y alegre entusiasmo.



Bueno... esos

De caretes i ganyotes també en sabem fer


Confluencia de de Alí Bey con Ronda Sant Pere


La explanada del monumento de Rafael de Casanova



No tiene gran importancia histórica, pero me sentí 'paparazzo'

 
Ojalá esta sea una foto histórica... sólo por ser la primera

martes, 27 de febrero de 2018

Sumergibles

Toda mi educación, incluso la universitaria, se desarrolló bajo la inmersión lingüística en castellano. Sólo muy en los últimos tiempos, ya en los años 70, algunas actividades paralelas en la Universidad -asambleas, grupos de teatro, etc.- se realizaban en catalán. El resto, castellano riguroso y exclusivo. Aprendí el catalán de mi padre y de mi familia paterna, catalanes de socarrel. En casa, hablaba catalán con mi padre y castellano con mi madre -asturiana-, ambas lenguas desde que tuve uso de la palabra y así desarrollé una capacidad que los lingüistas niegan taxativamente pero que, por mí, les pueden ir dando: el ambilingüismo. Con mis hijas ha sucedido exactamente lo mismo; casado como estoy con una hija de aragoneses de la comarca de Cariñena, mis hijas han hablado siempre conmigo en catalán y con su madre en castellano. Tampoco ellas existen, según los lingüistas a quienes, insisto, pueden ir dando mucho por el culo. Fuera de casa, mi vida -mi vida en épocas escolares- transcurrió en castellano prácticamente íntegro -salvo algún catalán, escaso y excepcional, en el patio- y de mis hijas puedo decir lo mismo, si bien a la inversa.

Por tanto, los catalanes hemos sido educados siempre en régimen de inmersión lingüística en una lengua única, exclusiva y excluyente; en castellano los más viejos y en catalán los más jóvenes. Y unos mejor y otros peor, unos mejor una y otros mejor otra (y ello no siempre ni frecuentemente en relación al idioma sumergido), todos hablamos ambas lenguas con facilidad. Nada nuevo bajo el sol, pues. Y quien pretenda decir otra cosa, hace el ridículo más absoluto, porque no hay más que salir a la calle y ver y oir. Desde luego, y por lo menos, en el área metropolitana barcelonesa, pero también en poblaciones pequeñas: aún no he encontrado ningún lugar en Cataluña en el que no entiendan cualquiera de los dos idiomas.

Es posible -suena coherente, por lo menos- que el rendimiento escolar sufra algún deterioro al recibirse la enseñanza en la lengua que no es la propia, pero el nivel dramático de ese problema sólo se alcanza cuando la materia es especialmente difícil para el alumno concreto. O, dicho en otras palabras, aunque puntualmente la lengua pueda tener una influencia en el fracaso escolar parcial, lo más probable es que la mayor parte de ese fracaso venga de la propia materia en la que se fracasa y, en mucha menor proporción, el hecho de usarse en su docencia una lengua no propia del alumno en cuestión. Por lo mismo, me niego redonda y rotundamente a creer que el fracaso escolar total pueda venir determinado por el uso de una lengua no propia que, repito, puede, sí, ser un inconveniente y hasta un hándicap competitivo, pero no un factor determinante ni dirimente: el fracaso escolar viene determinado por muchísimos factores y si la lengua es uno de ellos, será, desde luego, el de menor importancia.

Como todo en este mundo, en cuanto interviene la política -y, dentro de ella, el nacionalismo- el índice de mierda por metro cúbico hace intratable cualquier tema. Y en el de la lengua y la escuela, la política interviene a manos asquerosamente llenas, haciendo bueno el chiste de Perich que ha vuelto a cobrar -tristemente- actualidad.



El otro sumergible escolar últimamente de moda es el del adoctrinamiento. Como resumen ejecutivo: toda la enseñanza que yo he conocido -la mía y la de mis hijas- ha sido un adoctrinamiento constante y no siempre sibilino.

A mí, utilizando la expresión de Pérez-Reverte, me vistieron al Cid con camisa azul; a mis hijas les explicaron que los almogávares eran como unos médicos sin fronteras pero en versión medieval. Al Cid me le pusieron un pasaporte español y a mis hijas les pusieron los almogávares como catalanes de pura cepa, imagen y esplendor de la Cataluña irredenta. Luego, uno crece, va leyendo -ya sin instructores- y va percibiendo que la realidad siempre tiene luces y sombras y que tratar de arrimar el hecho histórico al ascua de la sardina nacionalista siempre conduce al ridículo y acaba siendo contraproducente. El Cid, súbdito castellano, se entendió con moros -de la taifa de Zaragoza, principalmente- y en su interés luchó contra cristianos (contra el conde de Barcelona, Ramon Berenguer II, el cual, por cierto, luchaba aliado con otra taifa moruna: sí, la propia Reconquista tuvo también muchas luces… y muchas sombras); y leyendo a Muntaner se da uno cuenta de la montonada de indeseables que poblaban las filas almogávares cuyos miembros venían de Cataluña… y de Aragón… y de muchos otros sitios. Si se dice que los bilbaínos nacen donde les sale de los cojones, de los almogávares puede decirse que nacían donde podían. De la Historia siempre, siempre, siempre se ha hecho una gran mixtificación y no iba la escuela a ser ajena al fenómeno, y menos si esa escuela venía inspirada en el nacionalismo franquista de entonces o viene determinada por el nacionalismo catalanista de ahora.

Es verdad que, en las últimas semanas, los masoquistas que andamos por Twitter hemos visto escenas en las que unos profesores sin escrúpulos, unos canallas carentes de toda ética y de toda dignidad, manipulaban asquerosamente a los chiquillos inculcándoles una realidad que, sobre ser prácticamente ininteligible para los niños, es taxativamente falsa y manipulada. Pero eso no es nuevo: a mí me mandaron a hacer la primera (y última) comunión con siete años, tras un período de catequesis represivo y abarrotado de amenazas tremebundas por pecados horripilantes, del principal de los cuales… ¡no tenía uno ninguna culpa!

Por desgracia -aunque si sólo viéramos los ejemplos del párrafo anterior habría que decir por suerte- la educación no determina ni futuros comportamientos ni futuras ideas. A mí me hace mucha gracia cuando me dicen que tal cosa o tal otra se arregla con educación y lo dicen pensando en la educación escolar. Ni hablar: la educación escolar en España (Cataluña incluida, por supuesto) es incapaz de nada más que de transmitir conocimientos -y aún así, hechas las oportunas reservas-, no puede determinar éticas ni ideologías y la prueba es la realidad misma: cuarenta años de escuela franquista y católica no pudieron evitar un extendido antifranquismo ni un creciente desapego a la Iglesia; cuarenta años de escuela separatista y católica no han podido evitar que el número de ateos siga creciendo ni que el de catalanes leales a España sea mayoritario. Tampoco las éticas limpias que se transmiten desde el cole -cuando es el caso- parece que permeabilicen de manera demasiado palpable en nuestra sociedad: no hay más que verla. Ni, en definitiva, una educación secundaria obligatoria hasta los dieciséis años ha impedido que la ignorancia sea el único movimiento que, si se hiciera político -al menos hasta donde no se lo haya hecho ya-, alcanzaría una mayoría absoluta sistemática, desesperante e irreversible. Por tanto, y sic stantibus rebus hay que mirar el tema del cole y de la educación escolar con un cierto escepticismo; vaya, yo diría con un enorme escepticismo.

No es que me guste -para nada- cómo está hoy el panorama escolar en Cataluña; por muchas razones que van más allá del tema político: habría que hablar de la lamentable formación del profesorado, habría que hablar del alienante sistema de las actividades estraescolares, habría que hablar -¡y mucho!- de unos programas verdaderamente apestosos y antediluvianos, habría que hablar de su triste y cutre metodología… Pero es que si vamos más allá del tema político -que nos vamos a encontrar en todas partes, aunque con vectores distintos, eso sí- todo esto nos lo vamos a encontrar igual. Mientras nos perdemos en discusiones sobre inmersiones lingüísticas, sobre adoctrinamientos nacionalistas y demás cortinas de humo, lo que estamos soslayando es el verdadero debate sobre el modelo escolar global, sobre qué debe basarlo y sobre a qué debe dirigirse.

Lo demás, de verdad, son tonterías.

sábado, 17 de febrero de 2018

Iniciando ferrocarriles

¿Conoce alguien a algún hombre a quien no le gusten los trenes? Mujeres, sí, muchas; pero no conozco a ningún hombre que no preste un poco, un mínimo interés, al paso de un tren. Y conozco a pocos que no babeen ante un tren eléctrico de juguete; si es uno de estos grandes dioramas, estos «pocos» se convierten en «ninguno». Sensu contrario, todos conocemos a uno o más (frecuentemente más) de esa suerte de ferropirados capaces de diferenciar perfectamente dos locomotoras que a cualquier profano nos parecen idénticas, pero resulta que no, que una es la versión 01 y la otra la 06. Por supuesto, dominan perfectamente toda una suerte de códigos numéricos con los que se identifican estas máquinas, entre otros muchos conocimientos ignotos y casi cabalísticos.

No hay más que buscar páginas web sobre la materia para darnos cuenta de hasta dónde puede llegar el nivel de detalle en el conocimiento del mundo de los ferrocarriles.

A mí, como a la inmensa mayoría de los varones del mundo occidental, los ferrocarriles siempre me han llamado la atención y pocas propuestas pueden ponerme más contento que la de un viaje en tren. Más que un viaje en avión, de largo. El avión comercial es la cosa más insípida y más aburrida que existe: frente a lo divertido de un ultraligero, lo interesante de un vuelo en avioneta o lo excitante del helicóptero, lo cierto es que subirme a un autocar a reacción es una idea que me induce al más absoluto tedio (y eso sin llegar al festival de vejaciones al que someten a uno en un aeropuerto o a las estrecheces, carencias y putadas que acontecen en la cabina de pasajeros). No está mal, para alguien que se precia de aeropirado. Sin embargo, el tren me encanta, da igual que sea un cercanías o un AVE.

Quizá sea porque, gustándome tanto, he ido relativamente poco en tren. En algún rinconcito lejanísimo de mi memoria, recuerdo muy vagamente haber ido a Asturias con mi madre, pero el desarrollismo -que en casa empezó en el mismísimo año 60, con la tele y el coche, ambos aún rara avis incluso en la clase media de la que formábamos parte- obligó a los raíles a dejar paso al asfalto. Al asfalto de aquellas carreteras de aquellos años, pero esta es otra historia. Me reencontré con el tren cuando unos familiares muy afectos fueron a vivir a Centelles y de cuando en cuando iba a visitarlos. Era la línea de Puigcerdà, un desastre de línea que obligaba a emplear más de dos horas (no quisiera exagerar, pero se me antojan las dos horas y media) en un trayecto de poco más de cincuenta kilómetros, pero a mí me parecía delicioso: en esa línea, las estaciones eran igualitas que las de las maquetas y los dioramas; me encantaba verlas aparecer en medio de la bruma (es, posiblemente, la línea más brumosa de Cataluña). Hoy todavía se tarda una hora y media y oigo quejas aún con cierta frecuencia. Aunque aquella época ya pasó -nuevamente vencida por el dichoso coche- guardo muy buen recuerdo de ella y de aquellos viajes, sobre todo de los invernales.

Pero nunca he tenido prisa yendo en tren. Un buen libro, el paisaje… Un espectáculo y un ejercicio de placidez. Incluso hoy, que frecuento -relativamente- el AVE, tren que, desgraciadamente, intenta parecerse lo más posible al avión, me sigue encantando el viaje, con independencia de su objeto. Nada me produce más placer que encender mi tableta llena de libros, colocarme los cascos con un buen jazz y pensar que tengo por delante dos horas y media de masaje cardíaco en forma de tranquilidad y despreocupación; más el placer adicional de pensar en cuántos tardarán quince minutos menos que yo a costa de un estrés continuo de desplazamiento al aeropuerto, paso por un control humillante que, además de fisgar todas sus pertenencias -previamente sometidas a limitaciones brutales- dispersas en no sé cuántas bandejas -ordenadores, tabletas y móviles han de ir aparte, y gracias si no se los hacen encender y, por cierto, recuerda cargarlos porque como no se enciendan o a la papelera o no vuelas- les obligará muy probablemente a descalzarse y/o sacarse el cinurón… y eso no habiendo más problemas; después, el apelotonamiento para entrar lo antes posible en el avión, aunque los asientos vayan numerados, a fin de poder pillar un espacio decente en el portaequipajes para, finalmente, encajarse en unos muy pocos decímetros cúbicos con la cabecera del asiento de delante pegada a las narices (y eso si no pasa como una vez me pasó en un vuelo de Asturias a Barcelona, que una hija de puta reclinó su asiento sobre mí y pese a mis protestas, la TCP se hizo el longuis escandalosamente). Y sin derecho al pataleo, ojo, una queja de más y el comandante llama a la pareja de civiles y tú estás frito.

En fin, que de cara a la jubilación, he decidido poner al ferrocarril en mis centros de interés, que se dice ahora, así que tendré que empezar a aprender algunas cosas, porque sabiendo lo que se ve -o lo que ¡oh, maravilla! se toca- se disfruta mucho más de la experiencia. Quizá empiece también a echarle un vistazo a esto del trainspotting para compaginarlo con el aircraft spotting, al que, injusta y pretenciosamente, llamamos spotting a secas.

Hoy, precisamente he ido al Museo del Ferrocarril de Vilanova i la Geltrú para ver la primera fase de una modernización y museización que parece que va a ser larga. Ya le conviene, porque, hasta ahora -y todavía ahora- para disfrutar de ese material hay que acudir estudiado de casa; de otro modo, los datos que se obtienen de él son limitadísimos, un brevísimo cartel explicativo para cada unidad, pero muy, muy parco.


Locomotoras Mikado, fuertes, manejables y chicas para todo, probablemente las más conocidas y populares en España. Circularon durante muchos años: la última de ellas fue apagada por el entonces príncipe Juan Carlos en 1975

 
La familia Talgo en sus más clásicas representantes

Encima, para los aficionados a la fotografía -ejem, al trainspotting- es un martirio: no hay perspectivas, no hay campo, no hay ángulos y, encima, en lo que se refiere a las máquinas de vapor, pintadas de negro de arriba a abajo, los contraluces son criminales. Fotografiar en el hangar cubierto es otra pena del infierno por lo mismo: contraluces, reflejos, falta de ángulos… Evidentemente, para exponer todo este material hace falta muchísimo más espacio -pero que muchísimo más- y, con ese espacio, más paneles, más proyecciones, más documentación. Hablando de documentación: el museo tiene una biblioteca -que pinta muy aparente- pero sólo abre los días laborables, con lo que sólo queda al alcance de investigadores profesionales o jubiladetes (yo aún tengo que esperar un poco).


Exposición al aire libre de locomotoras de vapor


Pese a todas las carencias, las visitas son muy agradables y el personal del museo es muy proactivo. Además, hay poca gente, lo cual es una bendición que, por sí sola, casi compensa todos los demás inconvenientes. Yo suelo ir los sábados a primera hora y, en líneas generales, puede decirse que tengo el museo para mí solo. Naturalmente, después de una agradable horita en tren

Hoy he hecho unas pocas tomas -con la camarita urbana, una Lumix, que llevo siempre encima para usos, digamos, inopinados- pero, evidentemente habré de volver con la réflex Nikon, pese a que, con esta disposición del material, no cabe confiar en que los resultados sean mejores. Ya veremos.

El paso siguiente -aparte de ir mirando con relativa frecuencia páginas ferroviarias- será ir a otro museo que está bastante más lejos, en Móra la Nova, cosa que ya pide un día entero no tanto -creo- por el museo en sí sino porque es un viaje largo, dos horas y media. Me han dicho que vale la pena echar el día.

Seguiré hablando de trenes. Hoy, empezamos.

miércoles, 31 de enero de 2018

O'clock

Leo en no sé qué periódico digital -leo tantos al cabo del día que nunca acierto a recordar dónde he leído qué- que un periodista de The Times nos ha puesto tibios a los españoles sobre la base de que somos maleducados, guarros e impuntuales.

Cae en muchísimos tópicos, como el de la siesta, que la inmensa mayoria de los españoles sólo podemos permitirnos en fines de semana y aún así no sistemáticamente ni todos; o toma por mala educación costumbres que no tienen por qué serlo solamente porque a él le chocan como, por ejemplo, la facilidad con la que nos damos besos y abrazos. Personalmente, a mí tampoco me gusta nada tanto contacto y lo evito hasta donde puedo, que no siempre puedo precisamente por el riesgo de ser considerado un maleducado, pero no lo veo, objetivamente hablando, como una mala costumbre. Peor me parece, en todo caso, la anglosajona de preguntarse unos a otros con todo desparpajo por lo que ganan. Dice también que somos muy sucios, y tiene razón; tiene razón no en lo que se refiere a la higiene personal sino en otros hábitos que llevan a que el suelo de muchos bares y de las calle dé verdadero asco. Y excuso decir los lavabos de los establecimientos públicos.

Pero donde le doy la razón sin reservas, sin objeción alguna y aún abundando en ello es en lo que se refiere a la impuntualidad. Somos asquerosamente impuntuales, y me rechinan los dedos sobre las teclas al utilizar la primera persona porque yo no lo soy, no lo he sido nunca y me precio de ello. Yo soy un tío que acude a una cita con mucha antelación y, constatada ésta y ya en el punto de destino, la entretengo tomando un café o de cualquier otro modo, hasta que, en el momento exacto, en el segundo preciso, estoy llamando a la puerta correspondiente. Cuando acudo a una cita, mi referencia no es el reloj de pulsera -pese a que siempre lo llevo escrupulosamente puesto en hora- sino el del móvil, que recibe la hora exacta al segundo. Sí, para esto soy muy maniático, no en vano siempre que surge el tema y me lo preguntan, afirmo que mi personaje literario favorito es Phileas Fogg, el cartesiano protagonista de la vuelta al mundo que narrara Julio Verne. Si alguna religión tengo es la del orden y la puntualidad y, felicísimamente, estoy casado con una mujer a la que adornan esos mismos parámetros.

Obviamente, no soporto lo contrario. Y lo sufro a diario y en grandes raciones, además. Porque los españoles no son impuntuales (se acabó la primera persona) en unos pocos minutos, tres, cuatro o cinco, no: aquí los retrasos son de veinte o treinta minutos tranquilamente y pueden ser más con mucha frecuencia. Encima el que sí ha sido puntual, tiene que sufrir ver que el otro llega sin el menor síntoma de azoramiento y esboza cualquier disculpa tonta a modo de simple ritual, sin la menor angustia por el hecho de que vaya o no a ser creído: un atasco de tráfico, una llamada telefónica que le ha entretenido, un olvido, el trabajo...

No sé cuál de esas excusas es más despreciable y más repugnante: como si el que sí ha sido puntual no sufriera el tráfico, no tuviera llamadas telefónicas que le retuvieran en el momento más inoportuno, como si no corriera el riesgo del olvido -fácilmente soslayable con algo tan estrambótico como una agenda- o como si no tuviera trabajo. Sí, bien pensado, esta del trabajo es, para mí, la peor, la más ofensiva y la más desconsiderada. «Perdona, chico, es que he tenido mucho trabajo...», te dicen, y sólo les falta añadir: «...y no como tú que no das golpe, tienes todo el día libre y te puedes permitir el lujo de ser puntual en tus citas».

Es más: en España, la persona puntual resulta molesta, es como un ser intolerante que no da cuartelillo a la incuria de los demás. Todo hemos podido oir, en algún momento de nuestra vida -seguramente muchísimas veces-, algo así: «Date prisa con esto, porque va a venir a recogerlo Fulano y ese cabrón nunca se retrasa ni un minuto y si no lo tiene listo, encima se enfada». Sí, porque, además, la persona puntual que, a su vez, reclama puntualidad a los demás, puede verse recriminada: «Bueno, oye, no es para ponerse así, cualquiera diría, qué inflexible e intolerante eres, qué barbaridad». La persona puntual que adoptara la única actitud recta y lógica ante la grosería de la otra parte, es decir, pasados los cinco minutos de cortesía (que más bien llamaría de descortesía del otro), irse, cancelar la cita sin más, puede ver rota una amistad o perdido un negocio.

Bueno, lo del negocio es relativo y admite muchos matices, porque precisamente una de las poquísimas excepciones a la impuntualidad general de este país hay que adjudicarla a los empresarios o directivos de empresa. En la unidad en la que presto mis servicios como funcionario, tratamos muchísimo con empresarios y directivos -por razón de nuestras competencias- y doy fe de que se trata de un colectivo con una precisión horaria que da gusto: concertada la cita a tal hora, a tal hora están ahí como clavos; si una reunión ha de durar una hora (viene a ser el estándar en estos ámbitos), en una hora exacta -o menos- han dicho todo lo que tienen que decir y/o hecho todo lo que tienen que hacer. No solamente son rigurosamente puntuales sino que, además, jamás son causa de la impuntualidad de terceros.

Quizá por eso soy mal cliente de las salas de espera. Es cierto que, en determinadas circunstancias -pensemos, como ejemplo más clásico, en la consulta del médico-, la puntualidad exacta y milimétrica no puede exigirse, pero sí que puede pedirse una mínima gestión del tiempo. Odio hasta el instinto asesino la costumbre que tienen muchos médicos -particularmente de la sanidad pública, claro- de citar a todos sus pacientes a la misma hora y, a partir de ahí, ir haciendo tranquilamente, que ellos ya esperarán (por la cuenta que les tiene, claro). Como si costara tanto hacer una estimación aproximada de la cantidad media de pacientes que se atiende por hora para distribuir más racionalmente las citas. Pues no.

Otro colectivo excepcional por puntual es el militar, derivado, supongo, de que el rigor horario es una constante en su ejercicio y la precisión al respecto imprescindible para el éxito de las operaciones y, en fin, para su propia supervivencia. No debe sorprendernos que el hábito profesional se proyecte en todos los aspectos de su vida.

No sé si habrá más excepciones de naturaleza profesional. Que yo sepa, o se me ocurra ahora mismo, no. Hay, naturalmente, excepciones personales. Me considero una de ellas. Hay más, pero muy pocas escasísimas.

La impuntualidad, en fin, es signo de dejadez, de persona que no gestiona bien su tiempo, de grosería y de mala educación, de falta de respeto a los demás. No sé qué habría que hacer para erradicarla de la sociedad española, pero soy sumamente pesimista, entre otras cosas porque no se intenta, porque no se hace pedagogía de la puntualidad, porque la impuntualidad no se reprime, no se castiga, al contrario, se fomenta: hasta hace muy poco, las convocatorias para juntas de diversa índole no sólo se hacían en doble convocatoria (y se siguen haciendo), sino que incluso la normativa obligaba a ello. Naturalmente, para la mayoría de convocados, la primera convocatoria era un simple formulismo: a la que había que ir (y no necesariamente con puntualidad) era a la segunda.

No tenemos remedio.