jueves, 18 de enero de 2018

Dos historias distintas y una sola dignidad

Me conmovieron. Me conmovieron esos dos relatos que, buscando por la comunidad internauta, seleccionaron los alumnos de los institutos de Educación Secundaria de Langreo, Asturias, para el libro «Relatos de aviación» editado por el Círculo Aeronáutico Jesús Fernández Duro de La Felguera (Langreo).

Aquí los reproduzco, tal cual me han llegado a mí, porque vale la pena que no caigan en saco roto.

Primer relato

Hace ya muchos años, Alphonse Gabriel Al Capone se había convertido en el dueño real, más que virtual, de la ciudad de Chicago. Capone no era famoso por sus prácticas sociales, por su respeto a la propiedad o a la vida. No lo era por alguna acción heroica. Su fama o poder, su notoriedad, se cimentaba más bien por sembrar la inquietud general en la ciudad de los vientos y en todo lo relacionado con piratería, extorsión; producción ilegal y contrabando de alcohol; prostitución y asesinatos; tráfico de drogas y terrorismo.

Capone tenía un abogado a quien apodaban
Easy Eddie. Había ejercido con gran brillantez en Sant Louis, donde todos le llamaban por su nombre reducido -EJ-. Completo sería Edward Joseph. Y si era el abogado de Capone lo era por una buena razón: Eddie era un magnífico abogado, bien preparado y astuto. De hecho, las habilidades de Eddie en el manejo de las leyes y sus manipulaciones legalistas procedimentales, mantuvieron a Big Al (el Gran Al) fuera de la carcel mientras fue su abogado y durante casi toda su trayectoria, Eddie estuvo a punto de ser designado magistrado del TSJ.

Para mostrarle su aprecio, y mantenerlo a su servicio, Capone le pagaba muy bien a Eddie. No sólo con abultados cheques, sino que Eddie gozaba de comisiones y de beneficios especiales también. Por ejemplo, él y su familia ocupaban una mansión cercada con muralla en todo su perímetro, contaba con un tren de sirvientes de todo tipo y tenía todas las comodidades más modernas de la época. La mansión era tan grande que ocupaba toda una manzana de la zona residencial más prestigiosa de Chicago. Eddie vivia la gran vida de la Mafia y prestaba poca o ninguna atención a las atrocidades que sucedían a su alrededor.


Pero Eddie tenía una gran debilidad. Su
talón de Aquiles.

Eddie tenía un hijo varón, el primogénito, al que amaba entrañablemente. Tenía también dos hijas, Patricia y Marilyn, pero era de Eddie Jr de quien siempre estaba muy pendiente de que no le faltara nada: ropas, automóviles, lujos y una buena educación en prestigiosos colegios. Nada era suficientemente bueno para el hijo de Eddie. El dinero no era un obstáculo. Sin embargo, a pesar de su relación con el crimen organizado, Edward Joseph
Easy Eddie hizo esfuerzos en enseñarle a su hijo la diferencia entre el bien y el mal. Simplemente, Eddie deseaba que su hijo fuera un nombre mejor que él. A sus hijas las había cedido a su esposa al divorciarse.

Desafortunadamente, con toda su fortuna e influencia, había dos cosas que Eddie no le podía dar a su hijo: ni un buen nombre ni un buen ejemplo. Ello lo impulsó a encontrarse en una encrucijada en su vida y así, un día,
Easy Eddie se enfrentó con una terrible decisión. Deseaba tanto como necesitaba rectificar todo el mal que había hecho.

Con absoluta determinación,
Easy Eddie decidió que cooperaría con las autoridades y diría toda la verdad sobre la organización de Al Capone, tratando así de limpiar su nombre manchado, y ofrecerle a su hijo algún ejemplo de lo que significaba la integridad. Para hacer esto, Easy Eddie, a través de un reportero del «St Louis Post-Dispatch», John Rogers, concertó una reunión con el Servicio de Impuestos Internos (IRS), almorzando con el agente Frank J. Wilson, acordando que Easy Eddie entregaría registros financieros clave de Al Capone. Si bien el objetivo inicial del IRS era arruinar a Capone financieramente destruyendo sus negocios de contrabando, el del agente Wilson se centraba en detener y lograr condenar a Al Capone por evasión de impuestos. Para lograrlo, Eddie debería acudir como testigo ante los tribunales en causas contra la Mafia, y él era consciente del costo que ello conllevaría. Aún así, Easy Eddie testificó.

Al cabo de un año, cuando conducía su Lincoln Zephyr negro, un sedán oscuro se situó en paralelo al suyo y dos individuos que en él viajaban sacaron por la ventanilla sendas escopetas que, cargadas con munición de caza mayor, segaron la vida de Eddie en el acto, yendo éste a estrellarse con su coche contra un árbol. Pero antes de que sus ojos se cerrasen para siempre, ya había comentado a sus amigos que él ya le había dado a su hijo el regalo más grande que le podía ofrecer y que estaba dispuesto a pagar por él el más alto precio, tal como, en efecto, sucedió. La policía removió el cuerpo de Edward Joseph y en sus bolsillos encontraron un rosario, un crucifijo, un medallón religioso (probablemente de la Virgen María o de algún santo) y un poema impreso tomado de una revista pegado con un clip.


El poema decía así:


Al reloj de la vida se le da cuerda sólo una vez
y a ningún hombre le es dado saber
cuándo las manecillas habrán de detenerse,
en cualquier temprana o lejana hora.
Este ahora es el único tiempo que te pertenece.
Vive, ama, lucha con un propósito:
no confíes tu fe al tiempo
pues el reloj puede pronto detenerse.


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Segundo relato

La II Guerra Mundial produjo muchos héroes. Uno de ellos fue el Lieutenant Comander (capitán de corbeta) Edward Henry Butch O’Hare. Era piloto de caza, de los más expertos, asignado al portaaviones «USS Lexinton», nave madre de la flota del Pacífico Sur de los Estados Unidos.

Un día, su escuadrón completo fue enviado de emergencia a cumplir una misión y debieron despegar del portaaviones a toda prisa. Pero después, ya en vuelo y en formación,
Butch miró su medidor de combustible y se dio cuenta de que habían fallado al llenar el tanque de su avión y Butch no tendría combustible suficiente para completar la misión y regresar al portaaviones.

Habiendo reportado su situación al jefe del escuadrón, éste le ordenó regresar. Muy a su pesar,
Butch salió de formación y emprendió el regreso a la flota que navegaba por el Pacífico Sur. Pero mientras regresaba, se dio cuenta de algo que le heló la sangre: un escuadrón japonés de cazas se dirigía a toda velocidad hacia la flota americana.
Habiendo despegado hacia su misión los cazas del escuadrón, la flota había quedado completamente indefensa. A
Butch no le daba tiempo de dar media vuelta, alcanzar al escuadrón para avisarlo y llegara tiemp para defender y salvar a la flota. Y se dio cuenta, además, de que tampoco tenía tiempo para acercarse lo suficiente a la flota y advertirla de lo que se avecinaba.

No había otra salida, sólo le quedaba intentar provocar al escuadrón japonés para que se entretuvieran peleando con él, forzarles a consumir combustible y privarles de la posibilidad de alcanzar su objetivo.


Dejando de lado toda idea de seguridad personal,
Butch enfiló desde su posición elevada en picado hacia la formación japonesa. Activó sus ametralladoras calibre 50 montadas en sus alas y comenzó a disparar alocadamente contra la formación japonesa. Así logró derribar a un primer enemigo sorprendido, y otro más y otro más. Butch se desplazaba con mucha agilidad entre el escuadrón japonés, ya desconcertado al haberse roto su formación, y continuó disparando tanto como pudo a tantos aviones japoneses hasta que agotó su munición.

Aún así,
Butch continuó atacando. Enfilaba su Grumman hacia los japoneses tratando de tocar con las alas de su avión las colas de sus adversarios con la esperanza de dañar tantos aviones enemigos como le resultase posible, de manera que quedaran imposibilitados para volar y tuvieran que amerizar forzosamente o, simplemente, retirarse.

Así, finalmente, el exasperado escuadrón japonés puso rumbo hacia otra dirección, obligado por la inmensa confusión reinante.


Muy aliviado,
Butch O’Hare dirigió su estropeado avión de caza de regreso al portaaviones. Había sobrevivido.

Al aterrizar, reportó lo sucedido y relató los eventos que había tenido que enfrentarde regreso después de haber salido de su formación. Las cámaras montadas en las ametralladoras corroboraron su historia, demostraron a qué extremo
Butch llevó su coraje para defender su flota: había, de hecho, derribado cinco aviones enemigos y otros tantos no derribados por él habían amerizado forzosamente. Estas películas aún hoy son famosas.

Todo ello aconteció en 20 de febrero de 1942 y por esta acción
Butch llego a ser el primer As de la Navy en la II Guerra Mundial, y el primer piloto naval al que se concedió la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos.

Un año más tarde,
Butch pereció en combate aéreo a la edad de 29 años. Su ciudad natal no permitiría que la memoria de este héroe desapareciera y así fue cómo el Aeropuerto O’Hare de Chicago se llama precisamente así. Es el segundo aeropuerto más grande del mundo y en él, en sus terminales 1 y 2, puede visitarse la estatua de Butch y su Medalla de Honor del Congreso.

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Qué interesantes y diferentes historias ¿verdad?

¡Oh! Casi olvido mencionar un pequeño detalle: Butch O’Hare, el héroe, era el hijo de Easy Eddie, Edward J. O’Hare, el abogado de Al Capone.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Tabarnia

Supe de la historia esa de Tabarnia hace unos pocos años, dos, no creo que ni a tres llegue. Y me cuadra, porque debió nacer a raíz de las elecciones de finales del 2015 con la constatación que hoy se reivindica de que el voto periurbano es mayoritariamente no independentista mientras que el voto rural sí es independentista mayoritariamente. Eso y que al voto periurbano le sale el escaño entre dos y tres veces más caro que al rural.

Me hizo gracia, claro que sí, pero lo tomé como una broma, como un simpático envoltorio que adornaba, al par que destacaba, un desequilibrio que tarde o temprano (me temo que más bien tarde) habrá que corregir. La posibilidad de que llegara a tomarse en serio -como algo más que una sátira, teniendo presente que una sátira es la exageración de los rasgos más groseros de una realidad- se me antojaba remotísima. Remotísima porque, seamos claros, esto de la Tabarnia es una mentecatez y un despropósito así de grandes. Pero ha cuajado. Y ahora es cuando podría decir aquello de que el hecho de que cuaje una Tabarnia es un claro síntoma de la burricie social que padecemos, pero para poner de relieve la burricie social no hacía falta la Tabarnia: con el independentismo ya bastaba.

Yo atribuyo el hecho de que haya cuajado a dos circunstancias, una actual y otra mucho más tradicional.

La actual es la frustración de la fracción social (digo «fracción» no facción) no independentista no sólo por no gobernar, siendo así que es numéricamente mayoritaria, sino, sobre todo, por verse víctima de la exclusión más canalla que han visto los tiempos, digamos, constitucionales. La práctica desaparición de los medios públicos catalanes, la total desaparición de la mayor parte de los privados, atenazados por las subvenciones y la publicidad oficial, la ignorancia de sus derechos políticos (escenificada en aquellas horrendas sesiones parlamentarias de septiembre y octubre) y, cada vez más frecuentemente, la agresión y el insulto por el simple hecho de no ser independentista, el secuestro, en definitiva, de todos los vectores políticos y sociales catalanes por una minoría, por más numerosa que sea, están llevando desde la frustración cierta y palpable a la que aludo, a una cólera creciente.

Hay otra de origen tradicional: la antipatía, frecuentemente indisimulada, que los urbanitas inspiramos al mundo payés y que en los últimos decenios ha venido siendo muchísimo mayor y muchísimo más palpable que la inversa, que también existió en forma de desprecio y que no existe prácticamente sólo porque ha sido sustituida por la indiferencia. Pero es cierto que el discurso antiurbano es constante en el agro catalán (no sé en otros agros): a veces, sibilino, compadeciéndonos, cuando se lamentan de lo mal que vivimos pendientes del reloj siempre, de lo mal que comemos y de lo mal que respiramos; otras veces, más grosero, el mote, frecuentemente insultante: pixapins (meapinos), camacos (literalmente, quebonitos, en alusión a las expresiones de admiración ante un paisaje rural) y otros que vete a saber. En cierta ocasión, tuve que replicar a un payés que estaba olvidando las más elementales reglas de la educación en sus palabras de desprecio urbano diciéndole que menos mal que la vida urbana era tan mala porque sus hijos -seis- habían perdido el culo todos ellos por abandonar ese paraíso terrenal agrario para ir a vivir al infierno barcelonés (en el que aún siguen y no se te ocurra sugerirles que regresen a sus bucólicos orígenes).

Elevando un poco este último aspecto de lo tradicional, se da, además, un fenómeno histórico: la implantación ideológica y consuetudinaria en el mundo rural del viejo carlismo de barretina, porronet y misa, frente al liberalismo industrial y avanzado que subyace en el espiritu urbano y periurbano, como morfología catalana de un fenómeno universal: la creciente urbanización de la población mundial.

Me ha gustado mucho, en este orden de cosas, el artículo de Esteban Hernández en «El Confidencial» incidiendo precisamente en esta creciente urbanización y al poder que, en cada vez mayor medida, ostentan las macrourbes o incluso los ejes de macrourbes. No me extiendo: hay que leer el artículo porque, además, vale la pena.

Si extrapolamos la tesis de este artículo a nuestra realidad, podría muy bien resultar que la Tabarnia pasase de ser un sarcasmo antiindependentista a la consecuencia de un independentismo triunfante, es decir, una eventual independencia de Cataluña incrementaría de tal manera el poder de la conurbación barcelonesa, muy modestamente seguida por la de Tarragona y relegando a las de Gerona y Lérida (si se puede decir -que no se puede- que esas ciudades tienen conurbaciones o cosa parecida), a la práctica y total irrelevancia, que, en definitiva, el triunfo del separatismo catalán llevaría al triunfo de la Tabarnia. Por supuesto que la Tabarnia mítica que ahora se nos presenta debería su teórica naturaleza a la continuidad en su pertenencia a España, lo que no sucedería en el otro supuesto; pero, en el ámbito sociológico, histórico y, desde luego, en el político, todas estas comarcas catalanas tan furibundamente independentistas obtendrían como premio la nulidad, la crisis permanente, el declive imparable y el desdén no sólo de sus adversarios unionistas sino también -y quizá sobre todo- de quienes fueron sus conmilitones urbanos.

Un triste futuro y una dramática advertencia como la que Dante colocó a las puertas de su Infierno: El que entre aquí, abandone toda esperanza.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

¿Quién mató a la ciudad?

Conozco a mucha gente capaz de reconocer sus errores, pero a mucha menos que reconozca sus ingenuidades. Yo voy a formar parte de este último grupo: en enero de 2015 vi por la tele (concretamente por el canal 33, la nefanda TV3) el documental Ciutat Morta y me lo tragué enterito. Y cuando digo que me lo tragué no quiero decir que lo vi hasta el final (que también) sino que me lo creí. A pies juntillas.

¿Atenuantes? Sí: arrepentimiento espontáneo (con los días, fui dándome cuenta de que el documental no había aportado ninguna prueba sino piezas de muy dudosa convicción sobre los hechos que trataba), por una parte, y falta de credibilidad de la administración barcelonesa y, muy particularmente, de la Guardia Urbana, por otra.

Efectivamente, en un primer momento, creí perfectamente capaz al conjunto Achuntamén-Guardia Urbana de aquella trapazada; y como también es sabido que en algunas casuísticas hay jueces que funcionan con tal cantidad de prejuicios que éstos son públicos y notorios, cuando menos entre los habituales del foro, el contenido de Ciutat Morta se me apareció como una revelación. Y las encendidas protestas desde posiciones municipales, policiales y judiciales por el contenido de la cosa, se me antojaron un simple y vano intento de arrojar arena a los ojos del espectador o tierra sobre los acontecimientos.

Y tengo para mí, a la vista de la oleada de indignación ciudadana que desató el documental dichoso, que éste pudo tener un cierto peso -no iré a exagerar, quizá, diciendo que pudo ser determinante- en la minoritaria victoria que obtuvo la gentecilla de Ada Colau en las elecciones municipales celebradas apenas dos meses después.

Hoy, sabemos que el principal convicto de haber dejado tetrapléjico a un agente de la Guardia Urbana barcelonesa, residente en Zaragoza tras haber cumplido cinco años de prisión, el que, protestando de su inocencia, se quejaba de que había sido condenado por sudaca (el tal Rodrigo Lanza, que es de quien estoy hablando, es chileno), está de nuevo detenido, acusado probablemente de homicidio, con un buen número de testigos esta vez, por haber golpeado hasta la muerte a un hombre de 55 años que no había cometido mayor provocación que llevar tirantes con la bandera de España.

Y ante algo así, no puedo evitar preguntarme qué parte de culpa puedo haber tenido yo -o mi ingenuidad- en la muerte de esa segunda víctima, si mi impremeditada adhesión -mía y de muchísimos miles de ciudadanos- a ese dichoso documental no puede haber provocado una cierta dejación en la vigilancia de un fulano, que ahora sí que ya no hay duda de que es un individuo peligrosísimo, por temor de la autoridad a verse acusada de abuso policial, de persecución o de cosa parecida.

Y se me ocurren, alrededor de esto, tres reflexiones.

La primera, que nos están intoxicando a base de bien. Entre redes sociales, medios subvencionados con todo descaro por intereses partidistas, posverdades y demás porquería, con o sin bots rusos, ha llegado un momento en que nos tragamos todo lo que nos echan mientras edificamos realidades paralelas al lado mismo de la realidad material y palpable que ignoramos quizá sólo porque no nos gusta.

La segunda, que ya desde la época de Clos y sin que se salve ni éste ni ninguno de los que le han sucedido, incluyendo, y no en último lugar, más allá del ordinal, a la dichosa Colau, el Ayuntamiento de Barcelona es una de las principales fuentes de esa intoxicación de que estamos siendo víctimas sus ciudadanos. Hace mucho que algunos sabemos -y últimamente va sabiéndolo ya mucha más gente- que la primera realidad virtual que hay en este país, más aún que el propio prusés independentista (que ya es decir), es nuestro dichoso Achuntamén, realidad virtual de la que la ciudadanía disfruta entre fiestas y calzoncilladas bajo patrocinio municipal sin darse cuenta de que, por debajo de todo ello, nos la están metiendo, a todos, doblada. Y por eso no es de extrañar que cuando alguien se monta una película (nunca mejor dicho) poniendo en la picota a la administración municipal barcelonesa, goce de presunción de veracidad por más barbaridades que afirme.

La tercera, que ante el dolor que nos está causando el sistema -particularmente a raíz de la crisis- y el odio y el cansancio generado por éste, reaccionamos haciéndole el caldo gordo a cualquiera que se manifieste precisamente contra el sistema, da igual que sea el separatismo, el perroflautismo okupa o ambas cosas a la vez (cuyo más hermoso ejemplar es la CUP, ya que hablamos de esto), sin darnos cuenta de que los enemigos de nuestros enemigos no son precisa y necesariamente nuestros amigos.

El odio ciega, aunque lo inspire justa causa, y esa ceguera, en desesperada búsqueda de luz, nos hace ser fáciles víctimas de un deslumbramiento: sólo así se explica ya no que seamos manipulados (de un modo u otro, el hombre, en tanto que ser social, lo ha estado siempre) sino que nos manipule, y la facilidad con que lo hace, quien nos manipula. Jamás una sociedad había sido tan instrumentalizada por gentes de tan bajo nivel y tan rastrera catadura como ahora se está haciendo desde todos los segmentos territoriales de nuestra política. Claro que también es verdad que jamás una sociedad -como ahora mismo la española- había alcanzado un nivel tan bajo de integración, de capacidad de reflexión y, en definitiva, de cultura más allá de lo académico (porque quizá sea también el momento de decir que los títulos colgados en una pared no certifican, en absoluto, un nivel cultural proporcional a éstos, y menos sobrevenidos de un sistema educativo tan nefasto).

Queremos que nos gobiernen políticos sabios, cultos y preparados, pero olvidamos que los políticos son siempre una fiel imagen de las sociedades que los ponen ahí. Si queremos Churchills, tenemos que aprender a ser británicos; mientras seamos lo que somos, sólo tendremos Rajoys, Puigdemonts y Colaus.

Y no le demos más vueltas.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Editorial y caballero

He pasado estos primeros días de diciembre en Sigüenza, más que nada para hacernos la mínima ilusión de que este año hemos tenido vacaciones después de que las genuinas, las de verano, quedaran truncadas por la lesión de Tere. Nada, cinco días no hacen vacaciones, pero ya queda dicho que se buscaba la ilusión, más que la realidad.

No voy a describir todo lo que hemos hecho en Sigüenza estos días; diré que la hemos visitado, que hemos gozado de su gastronomía y que hemos pasado un frío acojonante, lo que, dicho por mí, que nunca paso frío, tiene su valor. Pero una mínima de diez grados bajo cero, como creo que llegamos a estar una de esas noches, achanta al más valiente y eso que yo, en cuestiones térmicas, soy un valiente de Laureada.

Pero había en Sigüenza algo que yo necesitaba ver más que otra cosa, que deseaba ver desde los diez años y que, por aquellas cosas -y mira que me he pateado España; pateado literalmente, en muchas ocasiones- nunca había logrado contemplar: la estatua del Doncel.


Foto del autor (misma licencia que el conjunto del blog)

Para comprender ese anhelo, habrá que remontarse más de cincuenta años atrás, cuando, a los diez, empecé el Bachillerato y cayó en mis manos, por primera vez en mi vida, un libro de la famosa FEN (Formación del Espíritu Nacional), el primero de una serie que habría de constar de seis o siete y que era, como todos los demás, de Editorial Doncel. Doncel era la editora de la entonces recientemente constituida Secretaría Nacional de la Juventud (la sucesora, ya bastante descafeinada, de la Delegación Nacional de Juventudes): estábamos, conviene recordarlo, en 1965, en pleno régimen franquista e iniciándose lo que, salvadas las distancias, podía denominarse su etapa dulce o, como después efectivamente se llamó, el tardofranquismo, es decir la adaptación de las estructuras del régimen a los nuevos tiempos económicos (desarrollismo y anhelo de Mercado Común Europeo), políticos (puntapié definitivo a la Falange o a lo poco que quedaba de ella y entrada de la tecnocracia opusdeística de corte liberal) y sociales (nacimiento y desarrollo de una nueva y extensa clase media); incluso religiosos, con el Concilio Vaticano II que supuso la descalificación de hecho del nacionalcatolicismo que había sido puntal del sistema y que, de hecho, lo seguiría siendo aún hasta el final del mismo.

El libro (y los demás que le seguirían, pero ése fue el primero) tenía en las guardas una imagen, la imagen de un joven guerrero medieval recostado y leyendo, a su vez, un libro. La imagen era en blanco y negro, fotográficamente hablando, pero era, en realidad, una escala de grises muy blanquecina y suave. Y, bueno, allí se quedó. El Doncel.

Con los años, fui sabiendo que el Doncel era don Martín Vázquez de Arce, que murió muy joven (25) en la vega de Granada, cuando, combatiendo contra los moros con el duque del Infantado, fue a socorrer a una fuerza que lo estaba pasando mal junto a una denominada Acequia Gorda.

Lo de doncel sería, claro, por soltero, por mancebo, que así se les denominaba en el castellano de entonces (y creo que la palabra con ese significado la conservan todavía en pena vigencia los judíos sefardíes), Pero nunca llegué a entender, salvo ese detalle de la juventud, la asociación entre la editorial y don Martín. También con los años deduje que la estatua, un guerrero armado leyendo un libro, encarnaba el ideal de hombre falangista, el hombre de acción y el intelectual en una sola persona, esa difícil síntesis que tan frecuentemente ha acabado dando en el cadalso o en el exilio con los pocos que la han llegado a asumir plenamente, porque esta España parricida puede soportar a los hombres de acción o -mal- a los intelectuales, pero muy difícil y raramente a quienes aúnan ambas condiciones. Seguramente de ahí le vino a la editorial -recordemos que al servicio de la estructura juvenil del régimen- si pensamos que esa estructura juvenil era, precisamente, el último vestigio más o menos falangista del franquismo.

La estatua, además, es un ejemplar rarísimo en el arte gótico, porque se trata de una estatua funeraria que no está yacente: el joven, con su armadura puesta (y muy detallada por el escultor) está cómodamente recostado, aún con cierta indolencia al tener las piernas cruzadas, leyendo un libro sobre un cojín de laurel. El laurel sobre el que reposa una estatua yacente -o más o menos, como la que nos ocupa- indica que la persona representada ha muerto en combate.

Y hasta aquí todo lo que sé del Doncel.

De alguna manera, el Doncel se convirtió para mí en algo miserioso, idealizado, desde luego, y sugerente. Esa juventud y esa serenidad que irradia la estatua, ese contraste entre el libro que lee con indudable fruición, como denota esa postura cómoda y relajada, y esa armadura que denota una entrada en combate próxima o reciente. Y, por supuesto, esos recuerdos que me trae de infancia tardía y preadolescencia (más tarde, ya sin el pre y que, en esa sugerencia, siguió con el post) y esos libros de FEN que ya no proyectaban consignas sino el sutil dibujo de ese hombre que un falangismo agónico, si no muerto, había inspirado.

Tengo buenos recuerdos de los libros de FEN (y de algún profesor de FEN también, aunque no de todos, porque con algún que otro canalla hube de lidiar); los de primero y segundo de Bachillerato constituían, básicamente, lecturas; los de tercero y cuarto, era interpretaciones históricas; quinto y sexto (uno de ellos, no recuerdo cuál, se llamaba «Aprendiz de hombre» y su autor era Gonzalo Torrente Ballester) más orientados ya a una básica introducción política. Pero no eran manuales militantes: en todos los casos, Editorial Doncel trabajaba la sugerencia, la insinuación, el aroma. La consigna activista se daría en otros ámbitos, fuera del escolar.

Han pasado los años, han cambiado los tiempos, han evolucionado las ideas, han pasado las personas, pero el Doncel ha seguido ahí, como una imagen siempre fija. Y he tenido que cumplir sesenta y dos años para poder acariciar el alabastro de su estatua, para constatar su materialización, para fotografiarlo con mi propia cámara, con mi propio enfoque, con mi propia visión de la luz.

Por fin, después de tantos años, he visto al Doncel de Sigüenza y otro sencillo anhelo vital se ha cumplido. Pero su misterio y el misterio de lo que bajo su advocación se transmitió sigue ahí, sigue como algo que en algún momento pareció real, pareció palpable y que, después, cuando la vida y los años te devuelven al nivel del mar, continúa de alguna manera presente.

Sí, presente. Esa es una buena palabra, en este caso.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El placer del silencio

Ayer pasé la tarde en la biblioteca. Llevaba mucho, muchísimo, tiempo sin hacerlo, probablemente -salvo algún día aislado que pueda escapárseme- desde que hace tres años sufrí aquella fractura doble de tobillo y estuve casi medio año en el dique seco.

Lo cierto es que las bibliotecas, digamos, generalistas, no son, estrictamente hablando, muy necesarias ya hoy como tales, al menos las de la red municipal (que, en puridad y en Barcelona, son de la Diputación, aunque en algún tipo de concierto con el Ayuntamiento). Mis hijas, por ejemplo, sólo utilizan frecuentemente las, de alguna manera, especializadas: de facultad o de instituciones diversas, sobre todo la mayor, historiadora; pero la bibliografía generalista para trabajos de enseñanza secundaria ha sido sustituida, con ventaja, por Internet, aunque no completamente y, en todo caso, por desgracia: el manejo bibliográfico es un ámbito de conocimiento con el que debería estar familiarizado -sumamente familiarizado- cualquier estudiante ya antes de acceder a la universidad. Aunque reconozco que, en los últimos tiempos, yo mismo sólo adquiero un libro material cuando no lo encuentro digital y el préstamo bibliotecario siempre me ha cabreado, no sé por qué: quizá por el necesario plazo de devolución por más amplio que suela ser -muchísimo más de la semana que, a lo sumo, tardo en leer un libro- pero que siempre es una atadura que sufro mal o porque cuando un libro me gusta, quiero tenerlo, tenerlo ahí, en mi librería material o virtual, tenerlo siempre a mano, sin el trámite burocrático que comporta necesariamente el tráfico bibliotecario. Por lo demás, las últimas labores de investigación (si así puede llamársele) que he llevado a cabo, relativas a los orígenes de mi barrio, han cosechado mayores y mejores frutos en la red que en la búsqueda bibliotecaria; también es cierto que mi barrio -un conjunto de dos barrios, de hecho- es relativamente reciente y, por lo demás, no ha aportado mucho -salvo un acontecimiento importante, el que determinó la fundación de uno de los dos- a la historia de la ciudad.

Pero que la biblioteca no me sea útil como medio de aprovisionamiento bibliográfico -en general, que hay sus ocasiones-, no quiere decir que no me guste. Muy al contrario: el ambiente bibliotecario me encanta y, la verdad, tengo muy poca y mala excusa para no acudir con mayor frecuencia, puesto que tengo una a doscientos metros de mi casa. Quizá por eso ayer decidí echar la tarde en ella. Y no me arrepentí, en absoluto.

No usé ninguno de sus servicios, más allá del estar allí, ya que el libro lo llevaba puesto en la tableta, pero nada más entrar y notar ese silencio espeso y casi religioso, al que incluso perturba el voltear de una hoja de periódico, ya parece que me pone el cuerpo de otra manera. Es un silencio que invita a la concentración, que la facilita, que ayuda muchísimo a impedir la distracción. Y allí estuve tres horas y media, que se me pasaron en un instante, dejando que Hemingway me explicase el qué, el cómo y el porqué del toreo, sin otra perturbación que la del inevitable imbécil que no corta el sonido del móvil.

Lo que sí me sorprendió ayer fue ver poco personal joven, quizá porque esa biblioteca en concreto (la de Vilapicina i Torre Llobeta) tiene muy pocas mesas: salvo las dedicadas a soportar ordenadores, sólo hay una de seis plazas apta para estudiar o, en fin, para utilizarla con cualquier finalidad. Antes los jóvenes acudían a la biblioteca o bien en busca de un espacio para estudiar del que no disponían en casa o bien en busca de cobertura wifi gratuita o de un ordenador, cosas ambas que no eran, como ahora, comunes en el domicilio familiar e, incluso, en lo que se refiere al wifi, disponible en la propia calle y en el transporte público barcelonés de superficie.

Contrariamente, había mucho personal adulto, sobre todo ancianos leyendo diversos periódicos y revistas (poco libro, curiosamente), lo que me hizo reflexionar de nuevo sobre lo que comenté a principios de octubre de la brecha digital por razón de edad. Para mucha gente, ahora y en un futuro próximo, las bibliotecas pueden ser el único modo de conocer la actualidad de forma pausada y reflexiva -y no como en la tele- dado que cada vez va siendo más difícil adquirir el periódico, debido al incesante cierre de kioskos; y para muchas pensiones de jubilación, los más de trescientos euros anuales que cuesta una suscripción a un periódico son prohibitivos.

Mi primera biblioteca, más allá de las pequeñas salas escolares o del instituto, fue la Biblioteca de Catalunya, entonces llamada (¡finales de los 60, principios de los 70, señores!) Biblioteca Central. De entonces para acá ha cambiado muchísimo el concepto: hoy se trata de una verdadera biblioteca para investigadores, con fondos muy importantes (que ya tenía en la época), seguramente los más importantes después de los de la madrileña Biblioteca Nacional. Por aquel entonces la utilizábamos mayormente para estudiar o, mejor dicho, para no estudiar. No sé muy bien qué pintábamos allí. En casa de mis padres tenía un espacio adecuado y muy bien acondicionado para el estudio y no tenía ninguna necesidad de ir a la otra punta de Barcelona para ello; y, por otra parte, su uso como tal biblioteca era muy duro y tedioso para nosotros. Así que imagino que iba allí bastantes sábados por la mañana a cualquiera de los dos fines: o a encontrarme con los compañeros de clase sin estar atados a la disciplina escolar, o bien a sentirnos estudiantes más elaborados, más intelectualizados, podríamos decir. ¡Ah, aquellos años preuniversitarios…!

Las bibliotecas municipales de hoy son muy distintas de ese modelo. Se trata de espacios alegres, funcionales y polivalentes, se nota muchísimo la llegada de jóvenes generaciones de bibliotecarios que tienen de la biblioteca un concepto mucho más amplio que el de la simple lectura y préstamo de libros y constituyen pequeños pero importantes (por descentralizados y dispersos) focos culturales. Fuera de horas de lectura suelen celebrarse acontecimientos, generalmente en torno al libro o a un libro, como es natural, pero con estructura participativa, a modo de un foro, función que no desentona en absoluto.

Pero ese silencio denso, espeso, esos chasquidos de lengua de contrariedad cuando se ve roto por cualquier ruido, sigue siendo igual en todas ellas, en las clásicas y en las modernas. Ese silencio en el que la lectura, cada cual la suya, navega con especial fluidez hasta entrarle a uno por la puerta grande del alma.

Ojalá ese silencio perdure, como hasta ahora. Porque tengo para mí que la biblioteca, esa, otra o varias, va a ver muchas horas de mi jubilación.

Amén